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Allí iba a parar casi todo. Tenia sus habitantes habituales, absurdos, pero ¿dónde si no podían guardarse?; el sable del uniforme de gala - dos días debió de usarse en sus funciones- , la cachava de la abuela – báculo de tobillos y rodilla de toda la familia – y algún que otro cachivache de procedencia y uso desconocido.
Pero la mayor parte de las cosas que allí se guardaban estaban de paso. La chaquetita de estar por casa, la camiseta que mamá encontró recogiendo y no sabía a qué armario asignarla, el pantalón del chándal de ponerte mañana y que no cabía ya en el perchero de detrás de la puerta del dormitorio...
Era un hueco en la pared al que no se le dio la categoría de armario. Sabiamente carecía de unas puertas que no hubieran soportado el trantrán de una caterva de críos y no tan críos abriendo y cerrando continuamente a la busca de la prenda perdida o casi cualquier otro objeto fuera de sitio; así que unas sobadas cortinas ocultaban al mundo aquel fascinante maremágnum familiar.
Era una pequeña oficina de objetos perdidos, taquilla de vestuario, cajón de todo lo viejo y, si se terciaba, zapatero. Sólo el peculiar sentido del humor de mamá podía dar un nombre suficientemente explícito a aquel agujero.
Contestaba unas mil veces al día: “...en el rincón de las desdichas”.
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